"Celebramos agradecidas los logros cotidianos de muchos hermanos y hermanas que se han adelantado en la búsqueda de otro mundo posible. Junto con ellos y ellas, fortalecidas por el Espíritu, queremos seguir buscando el rostro de Dios en nuestra historia" (Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús. Capítulo 2008)

domingo, 4 de octubre de 2015

Francisco, el de Asís...

Se llamaba Francisco y era de Asís,
un pueblecito italiano situado en la comarca de la Porciúncula.
Su padre, Pedro Bernardone, era comerciante de paños y telas
y cuidaba con celo y con usura el negocio familiar.
Su madre, Madona Pica, tenía la paciencia suficiente
para llevar la casa, aguantar el mal carácter del marido
y el desenfreno juvenil del hijo, que cuando se hizo mozo,
quiso ir a la guerra porque era la moda de aquellos años…

Francisco, de la guerra, regresó de la mejor manera que pudo:
-estuvo preso-, enfermo, herido en el cuerpo, con el alma rota
y en una especie de ensimismamiento interior…
De él, pronto empezaron a decirse cosas…
Dejó a los amigos de viejas juergas,
dejó plantado a su padre con el negocio,
dejó el pueblo y se estableció pobre y medio desnudo
en una ermita en medio del valle.

Al principio vivió solo y de lo que le daban los vecinos.
No quería tener nada, poseer nada.
Su hermana se llamaba pobreza y él la quiso para siempre.
El loco de Asís, así le decían, pronto tuvo otros amigos,
mejores que los de antes, pero igual de locos que él.
¡Menuda cuadrilla!
Iban por los pueblos hablando de Dios y de sus maravillas.
Amaban la naturaleza, -vivían en medio de ella-,
daban de comer a los pobres y ellos mismos se hicieron pobres.

De Francisco decían que era capaz de hablar con los animales,
que los amansaba por fieros que fueran…
Un día sintió que Dios le decía:
“Francisco, reconstruye mi iglesia”

Y se puso a arreglar la vieja iglesia del medio del valle,
esa que estaba en ruinas y que guardaba en su interior un soplo de Dios.
Pero no…
“Mi iglesia, Francisco, mi iglesia…”

Lo que Dios le pedía era que él, un loco, un pobretón,
pusiera en orden la Iglesia de Dios.
Por aquellos años, la institución eclesial y su jerarquía
se habían apartado del camino del Evangelio,
se habían olvidado de Jesús de Nazaret,
se habían olvidado de los pobres y los necesitados
y vivían en la opulencia y entre los poderosos.
“Esa iglesia, Francisco…”

Así que Francisco fue a Roma a hablar con el Papa de entonces,
un buen hombre, un tal Inocencio III,
y entonces sucedió…
Descalzo, como vivía y con un hábito echo de tela de saco,
se presentó ante el Papa de Roma
y éste, al verlo, se arrodilló a los pies de Francisco y se los besó.
¡Oh escándalo para los poderosos y la jerarquía de la iglesia!
¡Inocencio III a los pies de Francisco, el loco de Asís!

Ya de vuelta en Asís y con la bendición papal,
Francisco y sus amigos formaron una comunidad de vida.
Más adelante, Clara, amiga de Francisco y también de Asís,
hizo lo mismo con un grupo de amigas.
Ambos abrazaron a la hermana pobreza para siempre,
sirvieron a Dios y a los pobres,
y abrieron en la iglesia el camino para que otros muchos y muchas
descubrieran en sus vidas a Jesús de Nazaret.

Hermano sol, hermana luna,
hermano lobo de de Gubbio,
hermana muerte…

Toda la vida de Francisco y de Clara
fue de entrega al Dios del Amor y de la Vida.
Cuando murieron, la iglesias, la comunidad de los seguidores de Jesús,
los nombró Santos, lo cual significa que reconoció que eran amigos de Dios.

Hoy día, el Papa que tenemos,
ese hombrecito simpático, cariñoso y comprometido
cuando fue elegido jefe de la Iglesia,
en su primer gesto, quiso llamarse Francisco,
para ser también él, amigo de Dios y ejemplo para el mundo…

Iosu Moracho Cortés (coordinador de pastoral del colegio de Pamplona)


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